Habitualmente las películas románticas acaban el día de la boda, el clímax del amor cinematográfico. Pocas muestran el día, las semanas, los meses y los años después. Cuando lo hacen, suelen ofrecer un panorama no tan exuberante, lleno de niños rebeldes, hipotecas por pagar, trabajos grises y parejas aburridas.


Ese “día después”, el de la relaciones fracasadas se muestra precisamente en el Museo de Relaciones Fracasadas de Zagreb, Croacia, donde arte y amor se unen en una original propuesta iniciada precisamente por una pareja separada. Olinka Vistica y Drazen Grubisic estuvieron cuatro años juntos y tras la ruptura en 2006 decidieron iniciar una exposición con los objetos comunes de su convivencia que no podían repartirse como si fuesen un televisor o un mueble. Una especie de punto final, una ceremonia significativa que marcase el punto de inflexión, como la boda.

Objetos que alimentaron ese amor tan inmortal ante el altar reúnen aquí recuerdos que en su día fueron bellos, armoniosos y hoy son tan solo eso: recuerdos, algunos buenos y otros pésimos. Sin embargo, supusieron una vida compartida para muchos y así les gusta a sus propietarios exponerlos. Algunas de las notas que acompañan a los objetos son especialmente sentimentales, muestra de una vida en la que algo tan maravilloso como el amor degeneró en aburrimiento, traición o abandono. 

La muestra de Olinka y Drazen se convirtió en itinerante y allí donde visitaba, muchos añadían sus propios objetos al repertorio. Tras este clamoroso éxito y ante el aumento de la colección, todo rodó hacía la idea de crear un museo permanente que hoy se asienta en el bello palacio barroco Kulmer en la parte alta e histórica de Zagreb. Curiosamente, el museo se encuentra en la misma calle que el Ayuntamiento y la iglesia de San Marcos, favorita para las bodas de los locales. Aún hoy en día sus muestras itinerantes continúan visitando el mundo y viajan por los cinco continentes.

Esta es una visita muy emocional a cientos de rupturas de parejas alrededor de todo el mundo que contrariamente a lo que se pueda pensar, ofrece una forma de “sanación” a los dolientes amantes: contribuir a la vida de un museo y cerrar de manera definitiva una relación con la donación de los objetos cargados del sentimiento que la sustentaron.
 

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