Saliendo de Ushuaia
Un chocolate en la Pastelería Laguna Negra de Ushuaia nos entonará antes de embarcar, después de haber visitado la cárcel de la localidad, hoy reconvertida en museo. Cada celda recoge la historia de su inquilino y, como todo aquí, la bruma del pasado se disipa entre la historia y la fábula. Desde que Carlos Gardel posiblemente estuvo preso en Ushuaia hasta el relato de Cayetano Santos Godino, alias “Petiso Orejudo”, adolescente pirómano y asesino de niños. El 4 de noviembre de 1927 se le practicó cirugía plástica en sus “orejas aladas” dado que se pensaba que su maldad radicaba en las mismas. Según versiones posteriores de otros presos, le volvieron a crecer. Murió asesinado por sus compañeros del penal poco después.

Poniendo el pie en el crucero, el primer paso será el Cabo de Hornos. Su posición entre dos océanos y localización como el punto más austral del continente, convierten la visita en única. El desembarco en Zodiac transforma la experiencia en “aventura”, no tanta como la de los primeros navegantes que surcaron este paso desconocido en 1616 ya que anteriormente se utilizaba el Estrecho de Magallanes, creyéndose que más al sur del estrecho solamente existía la “Tierra Incógnita”. El monumento del Cabo de Hornos hace honor al albatros, ave que encarna el alma de los marinos muertos en la mar. El faro que preside el Cabo de Hornos está ocupado por dos miembros de la armada chilena que permanecen un año entero aislados aunque de vez en cuando llegan turistas.

La bahía de Wulaia nos enfrenta también no solo con la belleza salvaje de la naturaleza sino con el pasado. En la cumbre de la isla, un minuto de silencio encoge el alma y permite empaparse en el inmenso paisaje y escuchar los distantes sonidos del albatros, el cormorán y un lobo marino. El silencio amplifica también al olfato: la mezcla de la sal marina con el fresco olor del liquen y el moho del hongo.

AustralisEn esta bahía moraban los yaganes (ya extintos) cuyo hogar consistía en una canoa que acogía a toda la familia y que vivían desnudos. Todavía hoy en día no se conoce con certeza cómo lo conseguían a temperaturas bajo cero. Se supone que con una dieta muy rica en grasas, untándose todo el cuerpo de esta misma grasa y con hogueras allá donde encontrasen, incluso en la propia canoa. Se especula también que la temperatura corporal de esta raza debía ser de uno a dos grados superior a la nuestra. Una adaptación de la que Darwin estaría orgulloso.

Un viaje que cambió la ciencia
Y hablando del carismático y revolucionario científico, Charles Darwin también comenzó su andadura científica en estas tierras. La teoría de la evolución, (por selección natural), base de la biología, que escandalizó  –y aún hoy sigue haciéndolo- se cuajó en Cabo de Hornos y la Isla Navarino antes de llegar a condensarse en las islas Galápagos. Aquí  arribó Darwin a bordo del Beagle desde Inglaterra en un viaje que duró cinco años (1831-1836), periplo que cambió el rumbo de la ciencia. Todo recuerda esta empresa, desde el Canal Beagle por el que Stella Australis navega a la gran cordillera nombrada Darwin.

Precisamente en el Canal Beagle, descendiendo desde la Cordillera Darwin se encuentra uno de los tesoros de la zona, el Pasaje de los glaciares, Holanda, Italia, Roncagli, Romance, el gran glaciar Pia, el España, Garibaldi y varios más, algunos visibles desde el canal, otros interiores.

El otro gran tesoro de la Tierra del Fuego: los pingüinos que regresan año tras año a aparearse y procrear a los mismos lugares. Para el inicio de primavera (octubre) comienzan a poblar lugares como Isla Magdalena o los Islotes Tuckers. El pingüino de Magallanes macho arriba primero a mediados de septiembre para preparar el nido. Si es posible el mismo que el año anterior,  mejorado y “redecorado” con esmero. Unas semanas después llegarán las hembras a las que cortejarán, buscando a la misma con la que se aparearon en temporadas anteriores si es posible. Se hace muy tierno ver a varios machos caminando torpemente con hierbas en el pico para hacer más acogedor el nido, trabajando afanosamente en su decoración, defendiéndolo con cierta agresividad ante intrusos, plantados en la entrada para protegerlo a capa y espada y emitiendo sin pausa la sonora llamada característica para atraer a su hembra. No muy distinto a la especie humana, ciertamente.