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La única travesura que omitió Daniel el Travieso fue el cambiarse de apodo. Sus vecinos se habrían intrigado si el niño aquel se hubiese presentado como “Daniel el Traverso”..., pero el chico habría tenido razón.

‘Travieso’ y ‘traverso’ derivan de una misma palabra latina: transversus (oblicuo), vinculada a la idea de “atravesar”. El travieso se atraviesa en el curso normal de algo, de modo que lo dificulta. ¿Por qué existen esas dos palabras en el idioma español? Ocurrió lo siguiente.

La palabra latina transversus cambió con los siglos porque, en la Europa medieval, casi todos eran analfabetos y no podían retener la forma de una palabra mediante la escritura. Solo la recordaban de oído, pero este recuerdo no era muy confiable y ocasionaba cambios según pasaba el tiempo. Un analfabeto no podía recuperar la forma original (transversus) pues –obviamente– no podía leerla.

Así pues, con los siglos, transversus se convirtió en ‘travieso’. Sin embargo, en el Renacimiento, desde el siglo XV, los eruditos europeos comenzaron a emplear palabras parecidas a los términos originales (griegos y latinos). De este modo empezó a difundirse ‘traverso’, como “primo lejano” de ‘travieso’.

Podría decirse que, cuando el idioma castellano ya estaba formado, los cultos “metieron palabras por la ventana”. Estos términos se llaman “cultismos”. Hoy conviven los términos cultos y los populares (o “patrimoniales”). Las parejas se llaman “dobletes” y suelen adquirir significados distintos: ‘apertura’ (cultismo) no equivale a ‘abertura’ (término patrimonial).

Escribamos algunos dobletes poniendo primero el cultismo y luego el término popular: pálido y pardo; íntegro y entero; práctica y plática; título y tilde; vesícula y vejiga; ópera y obra; lindo y legítimo; superar y sobrar; cálido y caldo; factura y hechura; parábola y palabra; clave y llave; clamar y llamar; atónito y tonto.

Otros casos curiosos son: computar y contar; duplicar y doblegar; directo y derecho; capital y caudal; solitario y soltero; pólipo y pulpo; aurícula y oreja; causa y cosa; delicado y delgado; salto y salido. Ciertos verbos presentan dobletes: frito y freído; impreso e imprimido; proveído y provisto. Otros casos “suenan mal”, como ‘morido’. Decirlos sería hacer una travesura en el idioma.