Atracamos en una orilla y caminamos hacia el Salto El Sapo, una impresionante caída de agua. Subiendo por piedras resbaladizas llegamos a un pasadizo detrás del salto donde pudimos sentir el vigor de esa agua bendita, que nos permite sentir tan cerca la naturaleza.

De vuelta a la curiara, nos dirigimos al Salto Hacha, donde de nuevo hubo que subir un escarpado camino de rocas resbaladizas. Este salto es mucho mayor en volumen de agua y altura. El sonido de sus aguas es ensordecedor. Es inútil tratar de hablar a más de un metro de distancia e imposible explicar cómo se siente uno en esos momentos. Es como si esa energía de las aguas cayendo se transmitiese a nuestro propio cuerpo, quizás porque al airearse el agua en la caída se libere oxgeno. Cualquiera que sea la realidad o la ficción, uno sale de allí, aparte de empapado de la cabeza a los pies, vigorizado, energizado y con una sensación de paz y bienestar.
Al día siguiente muy temprano, un autobús nos trasladó al campamento Ucaima, situado en la orilla del río  Carrao, donde dejaríamos la mayor parte de nuestro equipaje excepto lo mínimo necesario para pernoctar una noche en otro campamento, pues íbamos a continuar nuestro camino en una curiara y había que limitar el peso.  Esta vez nuestro guía era Antonio, indígena pemón, con la carrera de farmacéutico, que se siente más satisfecho inmerso en la naturaleza que detrás del mostrador de una botica.

Instalados en la estrecha curiara con motor fuera de borda, iniciamos la subida por el río Carrao. Sus aguas tranquilas se veían interrumpidas de vez en cuando por algún rápido, que el capitán de la curiara y el vigilante en la proa sorteaban con habilidad, no sin que nosotros los ocupantes estuviésemos exentos de buenas dosis de agua y adrenalina. Hicimos una parada para almorzar y continuamos por el río Carrao. Poco después tomamos un afluente, el Churún, para adentrarnos en el Cañón del Diablo.

El escenario era simplemente espectacular, lleno de formas y colores donde se combinaban las aguas rojizas del río con la abundante vegetación selvática de sus riberas. Como telón de fondo las verticales paredes del Auyantepuy.  Una hora y media más tarde, el río forma una curva y de repente allí, majestuosamente, aparece ante nuestra vista el Salto Ángel. Todo es silencio en la curiara. Fantástico. Ver para creer.

Para apreciarlo más cerca, atracamos a la orilla del río y nos pusimos en camino hacia el mirador Laime, en la base del salto. La ruta es tortuosa, a través de la espesa selva en la que la vegetación no te deja ver el sol, en un ambiente húmedo con piedras resbaladizas y de raíces de árboles entrelazadas formando un tejido difícil de caminar.