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Dejar atrás la niñez, despertar a la feminidad total y reconocida… convertirse en mujer. La metamorfosis ha concluido y los años de infancia han creado una bella señorita que está lista para encarar al mundo con fuerza e independencia, eso es lo que celebran las jovencitas latinoamericanas y sus familias en una fiesta de XV años: un momento cuasi mágico en donde se agradece el pasado y con esperanza se acepta el futuro.


En prácticamente todos los rincones de América Latina y en Estados Unidos (entre la población de origen hispano), el ritual de paso a la madurez física y social que se celebra cuando una damisela cumple quince años está repleto de tradiciones adaptadas a los tiempos modernos, pero sin duda, producto del mestizaje.

Las culturas prehispánicas, principalmente los toltecas, aztecas y mayas realizaban un rito de feminidad cuando las niñas estaban listas para adquirir sus derechos y obligaciones como mujeres. Fray Bernardino de Sahagún, en su Historia general de las cosas de la Nueva España narra el rito indígena como un evento estrictamente familiar en donde los padres instruían a la joven en sus nuevas responsabilidades.

Tras la conquista, los misioneros católicos agregaron la misa a este rito de celebración y posteriormente se relacionó con el baile de debutantes de la nobleza europea y hasta con el rito judío para jovencitas conocido como bat mitzvah. En México se dice que Maximiliano y Carlota de Habsburgo influyeron con sus tradiciones vienesas para que el vals se sumara a la celebración.

El resultado como lo conocemos hoy en día es producto de la transculturación e historia latinoamericanas, pues cuenta con características comunes en toda la región, como la música, la comida y la bebida al por mayor, la emotiva presentación del padre ante la mirada orgullosa de la madre y el indispensable vals (padre y quinceañera con su fastuoso vestido). Sin embargo, en cada país hay detalles que harán que el evento sea tan especial como irrepetible.