Pintor se nace. Un buen pintor se hace y se forma con oficio, talento, voluntad, disciplina, tiempo y buenos maestros. El reconocimiento internacional y la fama, como le ha sucedido a Juan Carlos del Valle, llegan después, tras el esfuerzo realizado.


Juan Carlos del Valle (Ciudad de México, 1975) es un buen pintor, uno de los grandes a pesar de su juventud, camino a igualar la fama de Diego Rivera, José Clemente Orozco, José María Velasco o Saturnino Herrán entre otros. Comparte con ellos también esa ferocidad que tanto caracteriza a los pintores mexicanos.

El Pobre Patito Feo: Óleo sobre lienzo
Entrar en el estudio de Del Valle es ingresar al corazón de la casa, desde donde su energía vital fluye al resto de las estancias. Al fondo, un ventanal cubierto con decenas de puertitas de madera que se abren y cierran, permiten al artista controlar la luz, su obsesión.

Ver en el estudio al artista es conocerle tal y como es, colándose en un paréntesis de su existencia en el que su yo más íntimo brota desde su refugio de observador. Sus obras de esta etapa, la mayoría pintadas en una sola sesión y siempre con modelo, resultan una improvisación calculada. Algo debe de llamar la atención del artista en el rostro, en el cráneo, en la expresión de la persona para llegar a recibir la invitación: “Me gustaría pintarte, ¿Cuándo pasas por el estudio?”,  y así se pasa a formar parte de su ongoing serie de retratos bautizada como Zoomanity.

Coleccionistas, productores de cine y de teatro, periodistas, empresarios, políticos, cantantes (incluyendo el último homenaje en vida hecho a Chavela Vargas en México), músicos, editores, amigos, gente de a pie, todos acaban cediendo ante su pincel y estremeciéndose al verse representados en una intimidad que creían inaccesible al ojo ajeno.

Sus retratos son instantáneas pictóricas que recogen un momento, un sentir, un gesto nada calculado por parte del retratado. Pone la atención en la herida, donde más duele, sin hacerlo fácil. Enfrenta de golpe a algo que incomoda o que agrada pero que ciertamente no deja indiferente.