Es un país pequeño si lo comparamos con los países vecinos, pero tiene mucho que ofrecer, tanto culturalmente como por su variada naturaleza.  Su agitada historia de guerras y conquistas ha ido dejando una huella indeleble en su gente la cual es cálida y modesta; optimista y perseverante; pragmática e ingeniosa.


Existen lugares que captan la imaginación y desde esa primera mención su mito crece y el deseo de llegar a conocerle también.

Así me sucedió cuando yo era muy pequeña y escuchaba a mi madre cantar la romántica canción Recuerdos de Ypacaraí. La dulzura de su voz combinada con esa nostálgica melodía producía en mí una intensa melancolía porque me imaginaba a una mujer caminando a las orillas del “lago azul de Ypacaraí”, buscando a su amor perdido. Aprendí a cantar la canción tanto por los misterios que encerraba como por su bella melodía. 

Fuera de explicarme que era una vieja canción paraguaya, nadie me sabía decir dónde exactamente estaba ese lago, cómo era el guaraní, ni tampoco qué le pudo haber sucedido al desaparecido “Cuñataí” de la canción. Fue así como se formó en mi imaginación de niña un mito sobre ese lago, los enamorados y, posteriormente, un enorme deseo de conocer el Paraguay. Desafortunadamente pasaron demasiados años para que mi aspiración se cumpliera.

Una noche tibia
Aterricé en Asunción arrullada por esa entrañable melodía con el corazón henchido de alegría y anticipación. Me esperaba Jorge Ortega, un amable y capaz guía turístico que además es gran amante de canciones en guaraní.

Me explicó que Paraguay tiene dos lenguas oficiales, el español y el guaraní y que el 90% de la población habla ambos idiomas. Me enteré que cuñataí no era el nombre del enamorado de la canción sino una palabra guaraní que significa “mujer joven” pero también puede ser “amada mía”.

Lo primero fue el recorrido de la ciudad pasando por el Jockey Club Paraguayo donde se hacen importantes presentaciones culturales y actúan grandes artistas de la talla de Lady Gaga. Por las ventanas del auto veía los muros y la fachada del impresionante y monumental Cementerio de la Recoleta. Soy capaz de pasar el día entero caminando por panteones o campos santos. Allí se aprecian las diferencias sociales en la variada calidad de las tumbas. Sin embargo, la inevitable mortalidad nos iguala a todos.

Del impresionante Jardín Botánico nos dirigimos al Granados Park Hotel para almorzar. Pedí un pescado paraguayo llamado surubí; simplemente delicioso. El servicio, absolutamente intachable.

Tras la deliciosa comida me registré en el Resort Yacht y Golf Club Paraguayo, situado un poco alejado de la ciudad. Al llegar la sensación es de paz y el cuerpo se relaja. Me impresionó la calidez y amabilidad con que me reciben. Descansé y antes del atardecer me paseé por su campo de golf y la piscina, desde donde se observa el río Paraguay.

Regresé a la ciudad a cenar en el excelente restaurante Mburicao. Tanto el menú como el ambiente son excelentes. Pruebo por primera vez “caña paraguaya”, una sabrosa bebida destilada parecida al ron en un exquisito cóctel llamado pykasu (paloma). De regreso al hotel, el aire tibio de la noche asunceña me adormeció suavemente.