Aguas de colores
Al otro día partimos a la Reserva Nacional de Fauna Andina Eduardo Avaroa, creada en 1973 y la más visitada de Bolivia con volcanes, fuentes termales y géiseres humeantes. Pese a la altitud y la aridez, varios seres vivos se han adaptado a tales condiciones de vida y hay 80 especies de aves, siendo las más llamativas los flamencos, aves de refinada perfección que habitan sistemas salinos para alimentarse. La primera parada fue frente al volcán Ollagüe, con enorme cono activo de 5.870 m. En tan inhóspito sitio por momentos creíamos estar dentro de un decorado de película que recrea lo que quedó de la Tierra luego de una catástrofe natural y pensábamos qué pasaría si alguno de los volcanes entrara en erupción.

Siguió la travesía y el vehículo se abría paso entre desiertos y salares mientras nuestros cuerpos acompañaban el zarandeo de la 4x4. La altitud y el movimiento generaban mareo y sensación de letargo pero nadie quería perderse las coloridas lagunas llenas de flamencos. La primera de ellas fue laguna Cañapa donde almorzamos. En la costa vimos sólo dos flamencos pero Saúl dijo que en las próximas habría más.

Luego de la sobremesa y una caminata continuamos a la laguna Hedionda con fuerte olor a azufre y cientos de flamencos. Queríamos quedarnos pero había que seguir al Desierto de Siloli y sus extrañas formaciones producto del fuerte viento siendo la más famosa el árbol de piedra. Luego continuamos al destino final del día y donde pasaríamos la segunda noche: la Laguna Colorada, la más llamativa por su atípico color.
Al otro día partimos antes del amanecer hacia la frontera con Chile, rumbo a San Pedro de Atacama, turístico oasis en el desierto más seco del mundo. Queríamos ver los géiseres antes del alba ya que una vez salido el sol su actividad se reduce. ¡Tanto frío hacía que los vidrios se habían congelado y no bajaban! Nos abrigamos y nos perdimos en la humareda de azufre sintiendo estar en otro planeta. Cuando el sol asomó fuimos a tomar el esperado desayuno y luego, el que quería, podía darse un baño termal. De allí atravesamos un grupo de rocas que mucho tiempo atrás un volcán había arrojado.
Estábamos frente al surrealista Desierto de Dalí así bautizado porque recuerda al famoso cuadro de los relojes blandos del genio catalán. Los últimos 65 kilómetros fueron de agradecido pavimento luego de haber andado tres días por arduos caminos trepando los 5.000 metros.

De repente un gigante cónico de 5.900 metros emergió: el volcán Licancabur, límite natural entre Chile y Bolivia. A sus pies está la pequeña laguna Blanca donde, sin viento, se reflejan picos nevados. A un costado, un hilo de agua la comunica con la laguna Verde con alto contenido de magnesio. Para llegar hicimos cientos de kilómetros en duras rutas, partiendo de Uyuni hasta San Pedro de Atacama, a donde llegamos con el recuerdo del salar más grande del mundo aún fresco en nuestra memoria.