Un periplo de tres días en 4x4 del salar de Uyuni a San Pedro de Atacama viajando por volcanes, campos de géiseres, lagunas de colores pobladas de flamencos e irreales formaciones rocosas.


Sudoeste de Bolivia, el rincón más extremo y frío de ese país. Los propios bolivianos dicen que en Uyuni hace “harto frío” ya que la temperatura oscila entre 20ºC de día y -20ºC de noche. Allí, donde sólo llueve unos escasos milímetros al año, desierto y montañas se adueñan del paisaje y pese a lo inhóspito del lugar, hay grandes maravillas naturales: exóticas formaciones rocosas, volcanes, cráteres, fumarolas, termas y fascinantes lagunas de colores con miles de flamencos.

A media mañana estábamos en la agencia esperando que nos recogieran cuando llegó una Toyota Land Cruiser conducida por Saúl, el guía, chofer y cocinero que en tres días nos llevaría por uno de los rincones más bucólicos del altiplano boliviano. En las afueras de Uyuni paramos en el Cementerio de Trenes, plagado de antiquísimas máquinas ferroviarias. A principios del siglo XX, el auge de la minería aceleró la llegada del ferrocarril. Los trenes partían llenos de plata hasta que Uyuni dejó de ser rentable, la zona fue abandonada y las máquinas quedaron allí.

El Salar de Uyuni -el mayor desierto de sal del mundo- fue el punto de partida de nuestra aventura. Situado a 3.650 metros de altura esta infinita masa blanca tiene más de 10 mil kilómetros cuadrados de superficie. En la prehistoria aquí había lagos pero al venir un período cálido y seco éstos se redujeron y originaron los salares y lagunas actuales.

Durante el día hicimos varias paradas en aquel surrealista mar blanco y encontramos ojos de sal, perforaciones de donde salen gases burbujeantes de lo profundo del salar. Cerca de allí vimos el primer hotel de sal, abandonado ya que al ser el salar una reserva no se permiten construcciones salvo en los bordes del mismo.

Ya habíamos recorrido 100 kilómetros cuando llegamos a Incahuasi, escarpada isla en el centro del salar desde donde hay bellas panorámicas con el intenso cielo azul y sus cientos de milenarios cactus gigantes. El viaje siguió y aparecieron grandes espejos de agua de muy poca profundidad donde hicimos fotos con la simetría del reflejo. Dos horas antes del atardecer llegamos al albergue de sal para pasar la primera noche. Todo, absolutamente todo era de sal. ¡Suelo, paredes, mesas, bancos y hasta las camas! Antes de que se hiciera de noche caminamos por los alrededores disfrutando la puesta de sol junto a un corral con llamas.