La personalidad del actor dominicano está muy lejos de los papeles de villano implacable que ha interpretado en más de cincuenta películas y series de televisión. Juan Fernández es perceptivo, amigo de sus amigos, amante de la naturaleza y de su país natal. Es un hombre que no tiene miedo en expresar sus sentimientos.


Los dichos populares provienen de la ancestral sabiduría acumulada por el pueblo. Y nada más cierto refiriéndose al actor Juan Fernández como el que dice: “las apariencias engañan”. La primera impresión cuando lo conocí en persona, confirmaba esa apariencia dura, con mirada fija y sin expresión en el rostro. Instantes después un amigo se acercó a saludarle; se abrazaron, bromearon y rieron a carcajadas. Le brotaba el alma latina con efusión. Sus ojos brillaban de alegría y la sonrisa había matado a la seriedad impertérrita. En un instante se había transformado en otro ser: el que yo quería conocer.

Despertar al cine
Desde que era niño, Juan Fernández tenía pasión por el cine. Cantaba y bailaba en la calle o a la salida de las discotecas para agarrar unas monedas e ir a ver una película. Recuerda especialmente las del oeste de Sergio Leone y la romántica de Sissi, que aunque entretenidas no le producían ningún impacto. No fue hasta que vio La Rosa Tatuada (1955) con Anna Magnani y Burt Lancaster, basada en una obra teatral de Tennessee Williams, que despertó sus emociones. Por primera vez comprobó cómo los actores encarnaban los papeles con tal realismo que parecieran estar viviendo sus propias vidas en la pantalla. Era muy joven para saber aun lo que quería hacer en la vida pero en su interior no había duda de que si algún día llegaba a ser actor, sería como ellos. La llama de la vocación había prendido en su subconsciente y un día se convertiría en hoguera.

Querámoslo o no, la vida nos tiene marcado un camino y el de Juan Fernández empezaba en Nueva York y Paris. En la Gran Manzana fue descubierto por el portorriqueño  Antonio López, uno de los grandes ilustradores de modas en los años sesenta y setenta, que empezó a utilizarlo como modelo para sus pinturas y dibujos. De este primer paso surgió el que lo encaminaría definitivamente: conocer a Salvador Dalí quien enseguida le contrató como modelo. En Paris el famoso pintor abrió las puertas de la ciudad y de toda Europa a este adolescente. Durante los siguientes seis años Dalí fue su mentor, su padrino y su educador. “Quiero que leas este libro y mañana hablamos de él”, le decía. El camino se extendió hasta Italia donde Fernández se inició en el cine bajo directores como Bruno Corbucci, Carlos Sofi, Carmelo Bene e Federico Fellini. Su éxito ante los pinceles, cámaras fotográficas y de cine se debía a sus facciones y su color de piel. Representaba algo diferente y exótico para la sociedad neoyorquina y parisina. Un latino penetrando un mundo vetado.