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El faro cercano me invitaba a que entrase y subiese su escalera de caracol. Llego hasta arriba y paso través de una puerta que conduce a un mirador impresionante, que se envuelve alrededor del faro y proporciona una vista de Guayaquil, casi sin obstáculos, justo antes del atardecer.

Regreso al hotel y me preparo para la cena. Tomo un taxi hacia el Ristorante Riviera donde me deleité con un buen plato de gambas (camarones) a la plancha. Sus italoecuatorianos propietarios se especializan en la combinación de ingredientes ecuatorianos con platos tradicionales italianos. ¡Mmm! Y el servicio es extraordinario.

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Al día siguiente, pasé horas explorando los edificios históricos y caminando por las plazas admirando los monumentos. El más grande es la Plaza Centenario, de cuatro cuadras de extensión, que conmemora la independencia de Guayaquil. Pero mi favorito es el Parque del Seminario, que en su día fue el centro histórico de Guayaquil y donde cientos de iguanas han hecho del parque su hogar. ¡Y comen directamente de la mano de la gente! También es conocido como el Parque de las Iguanas y está situado al lado de la impresionante Catedral de Guayaquil, de estilo neogótico, que fue consumida por el fuego y reconstruida varias veces. El edificio actual fue inaugurado en 1948. Sus magníficas vidrieras inundan el interior con la luz del sol filtrada a través de sus prismas multicolores. El altar de mármol fue traído de la no muy lejana ciudad de Cuenca.

Los museos de Guayaquil son excelentes. Cierran los lunes y martes con el fin de permanecer abiertos los fines de semana. Así que el martes, visité el cementerio. Puedo deducir mucho de la cultura de un pueblo, su historia y valores a través de sus cementerios. El Cementerio General de Guayaquil está a la altura del Père Lachaise de París. Cuenta con más de 700.000 monumentos, mausoleos, nichos y lápidas. Algunos de los monumentos son espectaculares y rivalizan con los erigidos por el gobierno en cualquier plaza del país. Otros son esculturas de calidades dignas de un museo, esculpidas en mármol y alabastro, con escenas conmovedoras de esperanza y de dolor. Otros son capillas familiares de los antepasados de algunas de las familias más antiguas y ricas de Guayaquil. Visité y dejé flores para el incomparable cantante e hijo más famoso de Guayaquil, Julio Jaramillo. Mi padre y yo disfrutamos muchas horas juntos escuchando sus hermosas canciones y su estilo único. Descubrí un museo que lleva su nombre durante mi paseo por el Malecón. Estaba cerrado así que planee visitarlo al día siguiente.

Hice reservaciones para cenar tarde en Portofino, en el Hotel Hilton Colón. El restaurante es tranquilo y elegante. Las chuletas de cordero son deliciosas y la carta de vinos es impresionante.Es miércoles, así que me levanté temprano y me lancé a visitar los museos. Quedé cautivada por el Museo Nahim Isaías, un museo pequeño pero excepcional, con una colección fuera de lo común de obras de arte religioso. El Museo Municipal de Guayaquil documenta la historia de Guayaquil desde antes de la llegada de los incas hasta nuestros días. Me dieron escalofríos al ver la exposición de los incendios y la maqueta de la ciudad con los barrios que se consumieron y las vidas que se perdieron. Realmente disfruté mi visita al Museo de la Música Autóctona Julio Jaramillo, donde cada objeto expuesto me llevó tiempo atrás a la música que a menudo escuchaba cuando niña. Era casi como caminar con mi abuelo y mi padre por los caminos de la memoria. Siendo una niña llegué a conocer a estos artistas y viejas canciones sentada a los pies de mi abuelo mientras rasgueaba la guitarra o cuando iba en el coche con mi papá.

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Tal vez mi museo favorito es el Parque Histórico de Guayaquil. Es una combinación de zoológico y museo vivo interactivo que cuenta la historia de la región a través de personajes de la época y representaciones. Más de 50 especies de aves, mamíferos y reptiles, sin contar los insectos y las criaturas acuáticas, están protegidos en este bosque de manglar. El visitante camina a lo largo de un paso elevado que permite la observación cercana del ecosistema sin perturbarlo. Dos docenas de estaciones de información agregaron contexto y sentido a mi observación de la fauna. La sección de reproducción urbana, con edificios rescatados que fueron reconstruidos a escala, recrea una época de riqueza en Guayaquil, cuando las exportaciones del grano de cacao trajeron prosperidad a la ciudad y las fincas de los alrededores. Todo ello me ayudó a comprender mejor la cultura costera.

Este ha sido mi último día en Guayaquil y verdaderamente lo he apretado con visitas a todos los museos que he podido, de forma que estoy bien cansada. Así que ir a cenar con nuevos amigos a Blu, suena relajante. La nouvelle cuisine basada en sabores e ingredientes del Ecuador es excelente. No me sacio del exquisito helado de limón y verbena. ¡Qué manera de terminar mi última noche aquí!Mientras empaqueto para mi regreso, me doy cuenta de lo mucho que me quisiera quedar. A pesar de ello, siento alegría, porque mi experiencia me ha sumergido totalmente en la cultura y el ambiente de la ciudad. A medida que camino en el asfalto de las pistas del aeropuerto, con mi bolsa colgada en al hombro, yo sé que esta ha sido la primera de muchas visitas a esta tierra hermosa y diversa, con su gente hospitalaria de suave hablar. Subo las escaleras de la aeronave y cuando llego a la puerta, miro hacia arriba y veo el Inti Raimi, el sol brillante del Ecuador, y le prometí que voy a volver.