Colombia es una delicia de país y su capital Bogotá es como la mujer perfecta: bonita, culta, sofisticada, divertida y sensual.


La aventura bogotana comenzó desde que el avión descendió hacia el aeropuerto internacional El Dorado cuyo nombre hace un hincapié a la antigua leyenda.

Era un viernes por la noche y a duras penas podía ver las siluetas de las montañas de la Cordillera Oriental de los Andes entre las cuales se encuentra acurrucada la bella Bogotá. Lo que sí podía apreciar eran las decenas de miles de luces de variados colores que la alumbraban. Desde mi perspectiva, parecían como si formaran un collar de múltiples cadenas incrustadas de gemas que adornaban el pecho y cuello de una mujer en reposo.

A partir de esa romántica impresión decidí recibir cada uno de sus encantos con el corazón abierto aunque fuera por un breve fin de semana.

La ciudad sensual
Le pedí a mi chofer y guía que hiciera un recorrido por el centro para apreciar la ciudad a obscuras. Mientras conducía me contaba una de las leyendas de El Dorado.

Según la crónica, El Carnero de Juan Rodríguez Freye, el sacerdote o cacique de los indígenas muiscas, era ritualmente cubierto en polvo de oro durante el festival de Guatavita, un lugar muy cercano a donde está actualmente la ciudad de Bogotá. Me menciona que en el Museo del Oro hay una pieza que demuestra la balsa y los sacerdotes cubiertos de oro que coincide con la crónica de Rodríguez Freye. Me hace pensar que una visita a ese museo es obligatoria.

La noche es fresca y el aire muy húmedo, como si lloviznara. Fue necesario mantener las ventanas del auto cerradas. Siendo la tercera capital más alta en América del Sur, después de La Paz y Quito, Bogotá suele ser fría de noche. Está ubicada a un promedio de 2.625 metros sobre el nivel del mar. Además, le gusta mostrar su lado misterioso pues de los 365 días del año, se cubre con un manto de niebla en más de 200 de ellos.