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¿De dónde brota esa fuente inagotable de alegría, compasión y amor? Emilio dice que viene de la pobreza y las dificultades de su niñez. No dudo que esas circunstancias han marcado su perspectiva de la vida. Sin embargo, yo le insisto que hay quien deja que sus circunstancias los encierren llenándose de amargura, de miedos, de rabia y de un arraigado sentido de que se les debe algo. A esas personas no se les ocurre dar, solo exigir.

Sin comentar sobre los demás, Emilio me explica, “Yo creo mucho en el Karma. Y comprendo que lo que uno planta uno cosecha”. Me hace sonreír.

Me cuenta que su padre es un hombre admirable a quien él ama y respeta muchísimo. Cuando salieron de Cuba llegaron a Madrid en la madrugada. El aeropuerto estaba vacío y con solo once años le dio mucha tristeza y pensó en su hermano y su madre que se habían quedado en Cuba. “Mi papá me abrazaba y me decía, ‘siempre piensa que la vida va a salir bien’. Me enseño a ser agradecido, a no sentir envidia y a no hablar mal de nadie”.

A Emilio le gusta montar en bicicleta y lo hace todas las mañanas a lo largo de la playa. Un día observaba como un hombre de las calles compartía con los pájaros más de la mitad de su pan y le dijo, “Oye, si le das de tu pan a los pájaros ¿qué vas a comer tú?” El hombre contestó, “No me preocupa porque hay veces que siento más felicidad compartiendo lo que tengo que comiendo”. La respuesta lo dejó sin palabras.

En ese momento confirmó de nuevo la lección de su padre: el secreto de la superación de las circunstancias difíciles está dentro de sus pensamientos y sus sentimientos y no en lo que sucede a su alrededor.

Cuando Emilio visita los colegios para motivar a los chicos les dice con gran pasión, “No dejen de soñar; todo es posible. En este país hay muchos recursos y pueden utilizarlos para llegar a donde quieran llegar”.

Emilio vive su vida con alegría, derrochando energía positiva por donde va. Vive al compás de su propio corazón.