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> Bahía de los Fumos
El explorador Juan Rodríguez Cabrillo navegó por las costas de California hacia la bahía de los Fumos, hoy en día conocida como la bahía de San Pedro donde se encuentra el puerto de Los Ángeles.

San Pedro es una ciudad con suaves colinas, donde las calles descienden gradualmente hacia el Pacífico. Árboles de eucalipto y aves del paraíso adornan las casas de estuco que salpican las laderas de las colinas. Hollywood y San Pedro, están solamente a unos 40 km, pero la separación emocional y sicológica es inmensa. Y los residentes lo saben.Ednita Kelley, bibliotecaria de la Biblioteca Pública de San Pedro y experta en cultura local e historia dice: “Hay un dicho sobre San Pedro: Nunca nadie viene aquí, pero una vez que están aquí, no se quieren ir”. Y entiendo porqué. San Pedro da la sensación de ciudad pequeña, cálida, familiar.

Gaffey Boulevard va dando vueltas y serpenteando hasta que acaba en el océano. Descansando en el último trozo de tierra, con la Isla Santa Catalina al fondo enmarcada con nubes bajas, se encuentra la Korean Friendship Bell (Campana de la Amistad Coreana). Fue entregada por la República de Corea al pueblo de los Estados Unidos el 4 de julio de 1976 en señal de amistad entre los dos países y para honrar a los ex combatientes de la guerra. El parque adyacente es el lugar perfecto para desconectarse. En el césped, una familia descansa cerca de la campana y más allá junto al acantilado, una pareja mira el mar tomados de la mano.

> Venice Beach
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}}Cabrillo, nuestro explorador favorito, salió de San Pedro en la mañana del 9 de octubre de 1542, navegando hacia el norte y anclando en lo que es hoy la bahía de Santa Mónica. Tomé hacia el norte, la carretera interior que sigue la ruta de Cabrillo llamada Autopista de la Costa del Pacifico 1 (Pacific Coast Highway 1) y pude ver brevemente las playas de Redondo, Hermosa y Manhattan en mi camino hacia Venice.

Orson Wells, el niño prodigio y antiguo marginado de Hollywood, escribió y dirigió la clásica película Sed de mal, rodada mayormente alrededor de Venice Beach (Playa de Venecia). Los edificios que constituyeron el espectacular escenario de la película, continúan intactos en su mayoría después de 51 años.

Ya anochecido, me dirigí al Sidewalk Café, otro sitio perfecto para mezclarse con los habitantes locales. Las tortillas francesas son uno de mis platos favoritos en este café, pero decidí cenar pescado y papas fritas. El café está situado enfrente de una librería que se especializa en temas de misterio y suspense. Pienso en Orson Welles y cómo un día estuvo en este mismo rincón, mirando el mismo océano, solo, contemplando el misterio de Los Ángeles y la ley del deseo.

Por las tardes, levantadores de pesas, patinadores, comediantes y mimos traen una energía única al paseo, pero la noche pertenece a los surfistas, caminantes y a aquellos que se acompañan de las proféticas brisas marinas para eludir la angustia de otra noche solitaria.

> Tierra de inmigrantes, tierra de todos
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Ya no vivo aquí, pero cada vez que visito Los Ángeles, mi alma se emociona y me pregunto: «¿Es relevante el pasaporte que cargas? ¿A caso no somos todos ciudadanos de otro mundo y viajeros todos por este planeta?»

Los Ángeles es grande y extendida. No es la ciudad perfecta. Está abrumada con la congestión automovilística y siempre bajo la sombra de la incierta falla geológica de San Andrés. Ha conocido la corrupción y violencia en proporciones apocalípticas, pero todavía es una ciudad de lánguida monotonía. Mañanas calmadas con brisa marina y brillante cielo azul, rayos de sol que atraviesan las ventanas y el aire perfumado con la fragancia de las flores.

El fino hilo que une la red que conforma la ciudad se teje en su humanidad, sus barrios y su creciente abundancia de esperanzas sembradas. Los Ángeles tiene que ser amada y apreciada por lo que es: una ciudad siempre al borde de la eternidad. Es la quinta esencia de ciudad americana, nuestra ciudad —la ciudad de todos.