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Qué delicia es poder descansar cuando se necesita. Por otro lado es terrible sentirse agotado y no poder descansar. Con esta vida moderna es más común el cansancio que el descanso.

Una de mis metas para el año 2014 es aprender a tomar un día de verdadero descanso cada semana y cuidar mejor de mí. Sin embargo, no me va a resultar fácil imponerme a esta nueva disciplina ya que tengo que ir en contra de mi vieja noción de que el día de descanso significa simplemente que no voy al trabajo.

Desde hace muchos años, me he acostumbrado a preparar una larga lista de cosas que hacer en casa durante los fines de semana. Acababa exhausta y pensando: “¡Ay caramba! Se me fue el domingo y ya mañana tengo que ir a la oficina”. Me estresaba de solo pensarlo.

Hoy en día, ese tipo de estrés es epidémico. Y es una de las muy bien documentadas causas de padecimientos como hipertensión y trastornos metabólicos por el exceso de cortisol, la hormona del estrés. Todo esto se va acumulando y empiezan los achaques.

Como tantas cosas en la vida, podemos mirar siglos atrás y encontrar algunos sabios consejos. Por ejemplo, en la tradición judaica se practica el shabbath (descanso). “Recuerda el día del sábado para santificarlo. Seis días trabajarás, pero el día séptimo es día de descanso para Yahvé, tu Dios. No harás ningún trabajo…” (Éxodo 20: 8-10). De ahí procede la tradición cristiana de descansar y reservar para Dios el domingo. En el siglo IV durante el Sínodo de Laodicea, (363-364 d.C.) la Iglesia Católica hizo oficial el cambio del séptimo día al primer día, es decir del sábado al domingo. Por siglos esa tradición se ha respetado.

Gracias a los años, el trabajo, el cansancio y el estrés acumulado, he llegado a ver que es una regla muy sabia. Y como me dice mi buen amigo DeVere: “Todos necesitamos el shabbath”.

¡Hasta la próxima! 


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Ana Cristina Reymundo
Directora de Redacción de Nexos