Emily McRoberts en Homestead Winery
Cortesía de Grapevine Convention & Visitors Bureau
GRAPEVINE
Familia, amigos, y tradición resume la cultura vinícola en Grapevine. Allí, entre las calles de Lovers e Inwood en el corazón de la ciudad se halla el extraordinario viñedo de Inwood States consagrado a la elaboración del Chardonnay. La ciudad recibe su nombre de las uvas silvestres que adornaban la zona a mediados de 1840. A sólo cinco minutos del Aeropuerto Internacional DFW, se producen y venden algunos de los mejores vinos texanos y se lleva a cabo el famoso GrapeFest, el festival vinícola más grandes del sureste de la nación. Grapevine es simple y llanamente la sede de la industria vinícola en Texas.

La pequeña urbe da la bienvenida con la Main Street repleta de comercios, edificios históricos, galerías de arte, teatros, heladerías y por supuesto, salones de cata y degustación de vinos, así como restaurantes con extraordinarios maridajes.

Las tradiciones de fabricación del vino se unen al soplado de vidrio, la forja  y hasta un tren de los 1920. Farina´s Winery recibe al visitante con una bella barra europea del siglo XIX donde catar excelentes tintos y blancos. Las ensaladas y pastas son la especialidad, pero el tinto Farina (una mezcla de Cabernet Sauvignon, Syrah y Merlot), es el verdadero protagonista. Cuando de blancos se trata, el Pinot Grigio de Messina Hof está de campeonato. Lo que no pasa desapercibido es el ambiente casual y amigable que hay en el pueblo, el pretexto perfecto para disfrutar de un buen rato como en familia.

Homestead Winery sobre la tranquila calle de E. Worth, parece una casita modesta, pero al ingresar, la sensación cambia por completo. Emily McRoberts es la tercera generación de vitivinicultores que sigue la tradición de la familia Parker y simplemente ama lo que hace. La plática y la degustación pueden durar horas; la anécdota de la Rosa de Ivanhoe, un tinto dulce favorito de la región, lo llevará por la historia del viñedo. Además de sus premiados Tempranillos y Malbecs, el Chocolate Rose (vino de chocolate) es algo inenarrable, perfecto para culminar una cata de memorables proporciones.

El poderío de esta ruta del vino radica en que prácticamente se puede recorrer andando y así regresar a la Main Street y al sofisticado D´Vine Wine donde le pueden hacer su propio vino y hasta la “etiqueta de la casa”. Y si un poco de historia le viene bien con una copita de Grapevine Red, no deje de visitar Cross Timbers Winery. La casita victoriana de principios de siglo le ofrece, además de excelentes vinos texanos, cosechas de sus casas internacionales hermanas como Casa Madero, vinícola mexicana y el excepcional espumoso almendrado.

Si le apremia un buen platillo tras la cata y desea es un toquecito gourmet, puede probar los chiles rellenos de huitlacoche del Chef Gabriel DeLeon en su restaurante Mi Día From Scratch o pasar a por unos nachos de queso brie en el restaurante Into the Glass.

En Grapevine la cultura del vino es de lo más relajada y el claro ejemplo es La Buena Vida sobre College St. que además de sus premiados tintos y su bello patio español, resulta excelente opción si la visita es en familia, pues el espacio acomoda a los más pequeños.

Manejando una cierta distancia fuera de Grapevine llegamos al viñedo Delayne. Lo primero que impresiona es el tamaño de sus barriles, el bello edificio, la calidez de su ambiente y sobre todo su Claret (una mezcla de Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc y Merlot.

Planeando, sería adecuado viajar en septiembre ya que en este mes se celebrará el 28º GrapeFest, donde disfrutará de casi 150 vinos texanos en competencia, además de cosechas internacionales, artistas regionales, música, baile y feria infantil. El festival cierra el distrito histórico y restaurantes, galerías, viñedos, bodegas y salones de cata se reúnen aquí en un evento sin igual que muestra el proceso y placer de la creación del vino.