Richard Beymer y Natalie Wood en West Side Story
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LA VERSIÓN JAPONESA
Al otro lado del mundo, en Japón, existe también una leyenda, basada en una tradición china, de una pasión súbita, incomparable, ocurrida hace miles de años y que tiene como protagonista a Orihime, la hija del rey celestial Tentei, exquisita tejedora, que por estar afanada en su quehacer no había conocido aún a quién amar y sufría profunda desazón.

Para distraerla, su padre la pone en contacto con un vaquero, Hikoboshi. Al encontrarse los jóvenes, de inmediato quedan prendados el uno del otro y al poco tiempo se casan. Pero por estar tan absortos en su pasión, descuidan su tejido y su ganado, por lo que el Tentei los castiga, separándolos y colocando a cada uno en distintas riberas del río Amanogawa (la Vía Láctea).

Esto entristece de nuevo a la princesa, por lo que su padre decide dejarlos encontrarse una vez al año, el séptimo día del séptimo mes. Pero no hay forma en que ellos puedan cruzar el río para su encuentro, por lo que unas urracas se ofrecen para servir de puente cada año, uniendo sus alas, siempre que no llueva. Si caía la lluvia, debían esperar hasta el año siguiente para juntarse, pero eso no disminuyó su amor eterno.

Parecidas historias encontramos en los otros continentes. Algunas más trágicas; otras con finales felices. Pero en todas ellas sobresale un componente idéntico: la locura mágica del amor. 



Reacción química
La ciencia ha logrado determinar lo que se ha llamado “la química del amor”. Según investigaciones de los últimos años, la verdadera poción de amor sería la dopamina, un neurotransmisor que, en dosis adecuadas, provoca un exceso de energía, de euforia, una atención concentrada y un impulso intenso para lograr nuestros objetivos, aún si para ello debemos correr grandes riesgos.

Se afirma también que cuando nos enamoramos, nuestro cerebro se baña a sí mismo en feniletilamina, una sustancia química que nos hace sentir euforia, gozo creciente y bienestar.

Según esos estudios, la fase de loco amor romántico estaría inducida también por la dopamina, mientras que la del amor tranquilo que suele sobrevenir, se debería a la oxitocina, una hormona que al promover una sensación de conexión, de ligamen, ayuda a cimentar una relación estable.

En todo caso, conocer sus componentes químicos no elimina su magia, su eterno misterio, su poder avasallador, esa red única de la que voluntariamente nadie desea escapar y que llamamos amor.