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© Steve Cole/Getty Images

Mi amigo Joaquín colecciona monedas, pero además de ser coleccionista convencional, ha recogido cientos de dólares en monedas extranjeras que los bancos locales no aceptan. Así, me pidió en mi más reciente viaje a Buenos Aires que le cambiara una pesada bolsa de monedas (unos noventa pesos argentinos) por dólares.

Bajo la premisa –discutible– de que solo los ingenuos o desesperados cambian su moneda en las casas de cambio del aeropuerto, opté por buscar un banco en la ciudad. Cuando por fin me desocupé de mis obligaciones el sábado por la tarde, no encontré un banco abierto, pero los empleados del hotel me cambiaron pacientemente todas las monedas; estaban tan encantados como sorprendidos, pues había escasez.

Un golpe de suerte muy concreto. Con esa y múltiples experiencias más, ¿qué recomendaría a mis experimentados lectores? Primero, que su estrategia deberá ser congruente con su prioridad en cada viaje: sea ésta la seguridad, la simplicidad, el ahorro o el rendimiento.

Aparte de eso, podría repasar algunos consejos probados:
— Que siempre ayuda tener suficiente efectivo en moneda local.
— Que aunque uno pierde 10% o más al usar casas de cambio de aeropuerto, gana en otros aspectos.
— Que cambiar moneda en la calle es muy peligroso (a menudo ilegal).

Añadiría que el tema no es solamente práctico. Algunas decisiones sobre cambios de moneda pueden reforzar o socavar la probabilidad de lograr los objetivos de cada viaje, y hasta las metas mismas de nuestra vida:

¿Dónde cambio dólares cuando existe una disparidad abismal entre el mercado negro y el tipo de cambio oficial?

¿Debería reportar el tipo de cambio del comprobante de la casa del aeropuerto en el informe de gastos, sacando ventaja?

Finalmente, para esa moneda sobrante al final de un viaje recomendaría la generosidad. Una propina, un regalo de una tienda de aeropuerto, o una donación a organizaciones como Change for Good (UNICEF), pagarán mejores dividendos que guardar la plata para la próxima vez. Lo garantizo.