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Brasilia es un enorme museo planificado, abierto y centro de las decisiones económicas y políticas del país que se proyecta como una de las más pujantes potencias internacionales en los años venideros.

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Las condiciones de Brasil no pueden ser más favorables para los próximos veinte años. Con el descubrimiento de vastos yacimientos de petróleo, las celebraciones del Mundial de Fútbol en el 2014, la Copa América de Fútbol en el 2015, los Juegos Olímpicos del 2016 y con el fenómeno demográfico llamado “bono económico” no cabe duda de que ha encontrado el tesoro de El Dorado.

Este fenómeno demográfico, denominado por la Universidad Federal de Minas Gerais “el bono económico”, consiste en el incremento de más del doble de su población activa con respecto a la inactiva. Se calcula que llegará a su punto máximo en el año 2022 cuando habrá tan solo cuatro ciudadanos inactivos por cada diez económicamente activos lo que generará un crecimiento en el PIB de por lo menos 2.5% anual continuo hasta el 2030 y consecuentemente un importante incremento del presupuesto gubernamental por mayores tributos.

Se proyecta que anualmente se formarán 1.7 millones de familias que demandarán vivienda, servicios de salud, educativos, de comunicaciones y un aumento del gasto en general que forjará una pujanza económica extraordinaria.Del lado sombrío de la política económica está el déficit externo creciente con los gastos gubernamentales en alza y la valorización del real con respecto al dólar, rebajando la competencia en los mercados internacionales. Pero es precisamente en esta valorización del real en donde están las oportunidades para los productores extranjeros. Por ejemplo, Estados Unidos ya exporta a Brasil aviones civiles y sus partes, computadoras, equipos de telecomunicación y de perforación de petróleo, semiconductores y productos médicos y farmacéuticos.

La historia de una ciudad

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Como todos los grandes proyectos Brasilia nació de un sueño compartido. El primero en soñarlo fue el portugués y estadista Marqués de Pombal quien, en 1761, motivado en parte por la posibilidad de encontrar el tesoro de El Dorado quiso trasladar la capital de Brasil al centro de su corazón selvático. Más tarde, en 1821, José Bonifacio de Andrada e Silva, patriarca de la Independencia, replanteó la formación de la capital en el centro del país llegando a sugerir dos nombres: Petrópolis y Brasilia. Años después en 1891 con la primera Constitución de la República se establece definitivamente la región en la que se fundará la futura capital.

Sin embargo, no es hasta el resurgimiento económico de la segunda guerra mundial, bajo la presidencia de Eurico Gaspar Dutra que se inician las obras, inauguradas por su sucesor el Presidente Juscelino Kubitschek (JK). Durante su presidencia se desarrollan grandes obras de infraestructura vial que dejan como resultado un altísimo desarrollo económico en esa área previamente despoblada.

Así un sueño se convirtió en realidad. La ubicación de la metrópoli es justo en el centro del país y exactamente dentro de los paralelos soñados por San Juan Bosco, fundador de la orden salesiana quién dibujó una ciudad fantástica entre los paralelos 15 y 20. Desde esta ciudad se dirigiría el destino de una nación rica, próspera y generosa. Patrimonio de la UNESCO, la urbe nació de la creatividad del médico pediatra Ernesto Silva y del talento de los arquitectos Oscar Niemeyer y Lucio Costa.