La pequeña localidad, antigua colonia portuguesa, es un tesoro de tradición y naturaleza entre el mar y las montañas del occidente brasileño.


Deberían advertirle a uno antes de viajar a Parati, que el paraíso está cerca. Pero prácticamente nadie lo hace y el impacto ante tanta belleza es tal que, apenas llegado, el viajero ya sabe que está perdido: el enamoramiento con ese trocito de tierra y mar brasileños le durará para siempre.

Información útil

Cómo llegar
• Desde Río de Janeiro, en auto por la carretera BR-101 (Rodovia Río-Santos), el recorrido demanda cerca de tres horas y media, aunque factores como el tránsito o las condiciones climáticas a menudo demoran la travesía.
• Desde São Paulo, por la Vía Dutra.
• En autobús, la empresa Costa Verde (www.costaverdetransportes.com.br) ofrece servicios diarios, con paradas intermedias.

Alojamiento
• Pousada do Ouro : Una sofisticada casona colonial, con jardines frondosos, piscina, bar, inmejorable ubicación dentro del casco histórico, nutrido desayuno e impecable atención al huésped. La habitación doble estándar, en temporada baja, ronda los US $250 la noche. www.pousadaouro.com.br
• Pousada do Cais: Amena posada ubicada al lado de la iglesia de Santa Rita y próxima al muelle. Una mansión señorial del siglo XVIII, con habitaciones estándar y de lujo, que en temporada baja oscilan entre los US $125 y US $150 dólares la noche. www.pousadadocais.com.br

Paseos en embarcaciones
• Paraty Tours (escunas y paseos exclusivos): www.paratytours.com.br

Consejos
• Recordar llevar en el equipaje calzado cómodo que harán mucho más placenteras las caminatas por el empedrado del centro histórico.
• Febrero es el mes donde se concentran más lluvias. Es buena idea esperar hasta mediados de marzo para emprender el viaje.



Con sus colores y formas irremediablemente coloniales, esta pequeña localidad, ubicada a 250 kilómetros de Río de Janeiro, está surcada por el Atlántico y abrazada por dos ríos; bendecida por la exuberancia verde y floreada de su naturaleza, por las cascadas que bañan sus caminos de selva y por la tradición de sus viejas iglesias, como la de Santa Rita, que la convierten en una postal instantánea de singular belleza.

Sus calles de piedras y arena obligan a recorrerla con tranquilidad: no hay forma posible de caminar deprisa por ellas. Los techos de tejas rojizas, ennegrecidas por el paso del tiempo, contrastan con el impecable blanco de los muros, salpicados de furiosos amarillos, azules y verdes que se proclaman desde puertas y ventanas de las añejas edificaciones.

La actualidad de Parati, activamente marcada por el turismo y el arte, poco tiene que ver con su pasado como puerto de salida del oro, que encontraba allí -entre los siglos XVI y XIX- la vía de fuga hacia Portugal. Hoy, el lugar es refugio de artistas y artesanos que escapan de las urbes y se mudan a sus rincones para ver crecer su inspiración a fuerza de la paz reinante. Sus creaciones prosperan expuestas en los muchos talleres y tiendas del centro histórico.  Las letras también tienen su lugar en este retazo sobreviviente del Brasil imperial: aquí se celebra anualmente la Fiesta Literaria Internacional de Parati (FLIP), que congrega a autores internacionales y amantes de la lectura.

Por su ubicación geográfica, a mitad de camino entre Río de Janeiro y  São Paulo, Parati es una casi obligatoria escapada de fin de semana para cariocas y paulistas. Por eso es siempre conveniente revisar el calendario y, en lo posible, evitar que el viaje coincida con un feriado brasileño, donde la concurrencia del turismo local es mayor. Con esto en mente, conseguir alojamiento o sitios para comer en Parati es sencillo, puesto que abundan las pousadas, la mayoría de ellas estupendas, y los cafés y restaurantes con propuestas gastronómicas variadas.

Durante el día, la actividad más preciada por los visitantes es el paseo en barco por la majestuosa costa y las islas cercanas. Desde embarcaciones privadas, con un servicio más exclusivo y un costo acorde, hasta las populares lanchas colectivas, o escunas, las opciones son amplias.

Por la noche, Parati cobra una magia especial. Las calles se llenan de gente, los restaurantes sacan sus mesas al exterior y ofrecen cenar a la luz de las velas, la brisa ligera del océano baña la costa y, desde cualquier rincón, se escucha música en vivo. Allí, bajo las estrellas, disfrutando de una copa de vino o de un fresco helado artesanal de frutas, uno entiende a la perfección por qué Brasil es la cuna de la bossa nova y por qué Parati, pese a su vigencia, ha decidido quedarse, felizmente, perdida en el tiempo.