Nuestro guía y experto en tirolesas calmó mis dudas y se ofreció a sujetarme de tal manera que ambos nos lanzaríamos unidos de esa plataforma a la otra. Mientras atravesábamos la selva a gran velocidad, el zumbido de los cables que nos sostenían parecía al aleteo de una gigantesca avispa. Mi corazón estaba acelerado y mi mente quería captar todo lo que mis ojos veían. Fue una experiencia inolvidable.

Después del derroche de adrenalina de la tirolesa, nos esperaba el cave tubing, una tranquila travesía sobre un neumático en un río subterráneo que corre dentro un enorme entramado de cuevas. En una caseta, nos proporcionaron un casco con linterna que nos permitiría penetrar en la profunda obscuridad de las cavernas. Después, con todo el equipo, tuvimos que hacer una caminata de casi dos kilómetros por la selva, hasta llegar a la entrada de Xibalbá, nombre que los mayas le dieron al inframundo. Aparte de la falta de luz, lo primero que se percibe es la ausencia del calor. Con el casco puesto, cada uno recostado sobre su propio neumático, ibamos enlazados el uno al otro con nuestro guía por delante. En pocos momentos nuestros ojos se acostumbraron a la obscuridad y con la pequeña luz de nuestra linterna podíamos apreciar las formas de las estalactitas y estalagmitas, las cuales, interpretadas por la imaginación humana, parecían aves, reptiles, mamíferos y demás.

Terminada la travesía, marchamos de nuevo por la selva, mojados, tranquilos y con un hambre voraz, de vuelta al Caves Branch Outpost hacia su buen restaurante-bufet. Satisfechos y bien servidos nos subimos al auto y nos encaminamos a las ruinas mayas de Altún Ha.

Una vez allí, nos dirigimos primeramente al Templo de los altares de obra. Al costado tiene unas escaleras de madera que permiten subir a su cima, el punto más alto de Altún Ha. Exploramos también el exterior de varias tumbas reales y el sendero que llega a la laguna. Antes de salir paramos en varios puestos que vendían artesanías muy lindas: textiles bordados y madera tallada a precios muy asequibles.

Regresamos al hotel exhaustos y listos para descansar un par de horas antes de ir a cenar. Esa noche decidimos hacerlo en el PoolSide Bar de nuestro hotel mientras escuchamos música beliceña, reggae y una que otra melodía garífuna. La gente no dejaba de llegar y pronto se convirtió en una fiesta. Terminé bailando con un grupo de mujeres que estaban celebrando el cumpleaños de una de ellas.