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Belice es como un estuche de monerías que tiene de todo: playas, sol, bosques, junglas, ruinas mayas, biodiversidad en su flora y fauna, y la diversidad étnica de su gente. Además, el beliceño manifiesta un maridaje entre la sensibilidad y calidez latina y la practicidad y pragmatismo inglés.


Belice es uno de los países más encantadores que he conocido. Llegamos a la Ciudad de Belice, la cual sufría un sinfín de obras que indudablemente embellecerán la ciudad en un futuro muy próximo, y nos dirigimos hacia nuestro hotel, el Radisson.

Después de un buen descanso, cruzamos la calle y caminamos para cenar en el restaurante Smoky Mermaid ubicado en el hotel Great House. Nos sirvieron un ceviche muy bueno y un sushi espectacular. De pronto comenzamos a platicar con una pareja beliceña muy simpática y poco después se unieron otros comensales a la conversación. Una velada muy agradable. Esa amabilidad generalizada no fue casualidad, pues después pude comprobar que por dondequiera que anduvimos, los beliceños se mostraron afables y desenfadados, y entablar conversación con ellos era tan fácil como agradable.

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> Selva, río, cuevas, ruinas
Al día siguiente temprano, desayunamos en el St. George’s Dining Room del Radisson donde probé por primera vez los deliciosos Journey Cakes beliceños. Se convirtieron en mi pan predilecto durante mi estadía en Belice. Al bajar al vestíbulo encontramos que Pedro Flores, nuestro guía de Discovery Expeditions, ya nos estaba esperando.

Media hora después llegamos a Caves Branch Outpost de donde nos dirigimos directamente al Zip Line Adventures. Allí iniciaríamos nuestra aventura de deslizarnos en tirolesa entre los árboles cual simio colgado de una liana. Subimos a la primera plataforma, para un tramo de solo unos treinta metros de largo, que le llaman Chicken Run (tramo de las gallinas). Me sujetaron a los cables, puse las manos en la posición indicada por nuestro guía, respire profundo y me lancé.

Emocionada y sin sentir nada de miedo me deslicé velozmente de una plataforma a la otra. Son un total de siete tramos. Cada plataforma me presentaba un nuevo desafío ya fuera por su altura o su longitud. De pronto, en el cuarto tramo y sin aparente motivo, me agobió el miedo y pensé no poder continuar. Cabe decir que la opción de retroceder a pie no era muy buena.