Cactus gigantes al doblar el recodo de una cañada, chorros de agua templada avasalladores al bajar un desolado terraplén, columnas de humo tras ascender cuatro mil yermos metros alumbrados por la luna. El desierto chileno de Atacama atrapa en cada rincón la magia de la vida que bulle, sorprendente, en medio de la más completa aridez. Y lo más intenso brilla al llegar la oscuridad. Las estrellas resplandecen más límpidas y ardientes aquí, cuando se contemplan desde la soledad y el silencio envueltos de arena.


Un vuelo de los más de una docena diarios que existen de Santiago a Calama me llevó a Atacama. Quitando las aeromozas fui la única mujer en cabina. Mineros, ingenieros, hombres de negocios llenaban un avión que aterrizó en el pueblo donde se explota una de las minas más grandes de cobre de Chile y del mundo.

Cientos de casas gemelas pegadas quedan atrás mientras la carretera se aleja de la explotación hasta adentrarse en el aparentemente baldío desierto de Atacama. Por el camino vislumbré las instalaciones de ALMA (Atacama Large Milimeter Array), el mayor proyecto astronómico del mundo nacido de una asociación internacional entre Europa, Norteamérica y Asia del Este en colaboración con Chile inaugurado el 13 de marzo de este mismo año.

Desde este desierto se conecta con las entrañas de la tierra para arrancar el preciado cobre y se envían señales al espacio para extraer los secretos de la formación de estrellas planetas y galaxias. Esta elevada planicie que un día fue fértil como el vientre de una madre, mantiene intacto el cordón umbilical que une la tierra con el espacio, el pasado con el futuro.

Una hora de terrenos rojizos, baldíos y somnolientos traza el camino hasta San Pedro de Atacama, oasis de 2.500 habitantes custodiado al norte por el ojo gigante del volcán Licancabur y sellado al sur por el inmenso Salar de Atacama.

El  campamento base del Resort Tierra Atacama se injerta en el paisaje como guante en mano de dama. A un kilómetro del pueblo, siguiendo la línea local de construcción y materiales naturales, el pequeño y moderno hotel y spa constituye una perla en el desierto. Los grandes ventanales, interrumpidos levemente por un fuego al aire libre, reflejan la grandeza lejana del volcán Licancabur, el que todo lo preside.

Las culturas aymara, atacameña e inca dejaron sus huellas en esta región del altiplano que roza la frontera de Bolivia y Tierra Atacama como se aprecia en sus textiles y artesanías.

Un mate de coca resulta el mejor recibimiento para los visitantes no acostumbrados a las alturas de 2.400 m de altitud (8.000 pies).  Mejor comenzar a aclimatarse poco a poco porque a partir de día siguiente comenzará a ascenderse más y más alto hasta llegar a los 4.300 m de los Géiseres del Tatio.

Un campo geotérmico impresionante que está vinculado a toda la actividad geotérmica de la zona. En ellos, afloran columnas de vapor de agua de más de doce metros de altura desde varios pozones de agua hirviendo. Hay que salir con la luz de la luna para ascender justo al amanecer, cuando los vapores de los géiseres contrastan más con el cielo cambiante. Existe un momento mágico en el que aún se contempla la luna mientras nace el sol, disipado por los vapores geotermales.

El desayuno aguarda a la salida del sol y en el camino de regreso se divisan en la distancia vicuñas, zorros, vizcachas y ñandúes. Un descanso en el poblado de Machuca permite una pequeña incursión al pasado.

Termas de Puritama y todo lo demás
Cada día en el desierto de Atacama sorprende una aventura más extraordinaria que la anterior. Escondido en una quebrada con fondo verde, el río Puritama aguarda con ocho pozos, piscinas naturales de aguas termales a unos 33 º C promedio. A una altura de 3.500 m tras un recorrido polvoriento e inculto, sorprende esta riqueza repentina. Un baño relajante con salida fresca que renueva el cuerpo y la mente. O el Valle de la Luna a 2.500 m, un paisaje surrealista ubicado en la Cordillera de la Sal, al suroeste de San Pedro de Atacama. Docenas de formaciones rocosas de formas caprichosas se han desarrollado por la acción del viento, lluvia, erosión y cambios de temperaturas extremas. “Las Tres Marías” destaca como un islote en mitad del desolado desierto de sal blanco, dos “Marías” rindiendo pleitesía a la tercera “María”, la madre de Dios con el niño en los brazos. Todo producto del cruce de la naturaleza y la imaginación humana.

El Salar de Atacama (Laguna Chaxa) constituye la siguiente etapa tras la visita a Toconao, un pueblo con su correspondiente plaza, iglesia y convento. La reserva nacional Los Flamencos, dentro del salar, recibe a las aves de temporada. Contrasta rabiosamente su rosado plumaje con el blanco límpido del desierto de sal.