Miembros de la familia Kennedy afuera de la Catedral St. Matthew
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En las horas posteriores al asesinato, Charlie Bartlett, periodista ganador del Premio Pulitzer, escribió: “Tuvimos un héroe como un amigo. Tenía un coraje poco común, un humor inagotable, una inteligencia penetrante, siempre curiosa, y en general, una incomparable presencia. Fue lo mejor que tuvimos... Lo recordaremos siempre con amor y, seguramente, con el paso de los años y la narrativa de la historia, con un poco de asombro”.

Pero gran parte de John Fitzgerald Kennedy fue lo que hizo, las acciones y reacciones de un político de talento al que le tocó presidir uno de los períodos más trascendentales en la historia de los Estados Unidos.

Para mí, un adolescente en pleno renacimiento personal a principios de la segunda mitad del siglo XX, fue pura inspiración. Él me ayudó a despertar y sacar lo mejor de mí. Fue el mejor momento de mi crecimiento intelectual y formó parte de mi educación. Sus discursos eran provocativos, estimulantes y altruistas. Basta recordar su discurso inaugural: “No preguntes lo que tu país puede hacer por ti;  pregunta qué es lo que tú puedes hacer por tu país” el 20 de enero de 1961; la creación del Cuerpo de Paz el 1 de marzo de 1961; y su discurso “El Hombre en la Luna” el 25 de mayo de 1961. El mundo entero recuerda sus palabras y sus logros.

En campaña electoral en Texas
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JFK no siempre estaba en lo cierto, como él mismo reconoció con respecto a la invasión de la Bahía de Cochinos en Cuba del 17 al 19 de abril de 1961: “Este gobierno está dispuesto a admitir errores”.  Probablemente su mayor error fue la participación de las tropas norteamericanas en Indochina.

JFK era también un intelectual, con nada de esa irrelevante y sentimental manera de hablar que parece tan importante para los políticos y gran parte de electorado de hoy. Él se dedicó al estudio científico, la investigación y el desarrollo.

No importaba que cediese ante el encanto de Marilyn Monroe. En aquella época había una decencia tácita común en los medios de comunicación y en el público que no dejaba regodearse en los detalles escabrosos como lo hacen hoy. Lo que gustaba era una pareja linda, educada, elegante con dos bellos niños que ocupaban la Casa Blanca. La nación podría ser mejor. Podía aspirar a un reino como Camelot.

Cuando JFK murió, gran parte del sueño americano murió con él y nunca hemos recuperado del todo esos días felices donde soñar estaba permitido. En ese triste día, lloré. Han pasado cincuenta años y todavía lamento nuestra gran pérdida.