Con su hija Caroline
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Gran parte de la esencia de John Fitzgerald Kennedy es lo que él logró, de las acciones y reacciones de un político de talento que preside uno de los períodos más trascendentales de la historia de los Estados Unidos.


El alma de la historia puede que esté compuesta más de héroes y leyendas que de hechos, datos y fechas.  La memoria colectiva de un pueblo sobrevive mejor en ellos. Y así perdura “Camelot”, no solamente asociado al legendario castillo del Rey Arturo sino también el “reinado” de John F. Kennedy, un momento mágico en la saga americana, cuando se realizaron grandes hazañas, cuando artistas, escritores y poetas se reunían en la Casa Blanca y los bárbaros quedaban retenidos fuera de los muros. Cuando el sueño americano estuvo más vivo que nunca.

Esto, por supuesto, es una interpretación de la historia. La magia del Camelot de John F. Kennedy fue muy distinta de la del Rey Arturo y sin embargo, logró ilusionar a una nación en momentos muy complicados.

Merlín no estaba allí para asesorar al Presidente, ni Sir Galahad llegó a obtener un alto puesto en su gabinete. Sin embargo, los Caballeros de la Mesa Redonda de Kennedy si le respaldaban; eran hombres tenaces, duros y ambiciosos, rectos. También susceptibles a errores pero asombrosamente incorruptibles.

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Su líder, John Fitzgerald Kennedy, que formó el grupo y cre ese ambiente de camaradería, fue abatido por una mano asesina hace cincuenta años, el 22 de noviembre de 1963. Hoy somos totalmente conscientes de que, en el ámbito metafórico de Camelot, Kennedy fue el más duro, el más inteligente y sin duda el mejor parecido, sin embargo en su interior, el menos romántico.

Su madre lo recuerda como un chico descuidado en el vestir y en puntualidad, y sus compañeros de escuela hablaban de él como el hijo de un hombre rico que no llevaba dinero y que de vez en cuando les pedía prestado.  Su padre, uno de los más ambiciosos empresarios de su generación, consideraría a su segundo hijo demasiado tímido para tener éxito en la política. Pero JFK, el político, resultaría ser seductor más allá de las expectativas y creencias. Ese encanto le hizo irresistiblemente atractivo. Para su esposa, Jacqueline, su marido “poseía un lado heroico e idealista pero también tenía otro lado, el pragmático”.